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Meditación sobre la naturaleza: una técnica de regeneración



He aquí una técnica muy sencilla que pretende favorecer el encuentro y la unión con la energía de la Naturaleza, devolviendo la calma y la paz profunda. Por muy negativas que sean las condiciones de partida, siempre existe en cada uno de nosotros la posibilidad de redescubrir el sentido original del ser, la fuente, el árbol de la vida. Un descubrimiento dentro de nosotros. Todo ya está dentro de nosotros, escondido como un tesoro que vamos pasando una y otra vez sin verlo; la buscamos fuera, mientras está dentro de nosotros. Esta esencia sutil que anima todo el cosmos, que lo impregna todo, reside en realidad en el corazón y, si no somos capaces de descubrirla en nuestro interior, podemos recurrir a los recursos que la propia Naturaleza nos ofrece. Liberamos nuestro Ser La naturaleza es nuestra primera madre, la Madre Tierra, la que nos produce y nos reabsorbe y tiene todo el potencial para ayudarnos en tiempos de crisis. La meditación en la Naturaleza proporciona una inmersión total, una fusión real, una recuperación de nuestro propio origen, por lo tanto, una reintegración del Yo mutilado, enjaulado y deformado por la vida social. Somos parte de la danza cósmica La meditación en la Naturaleza tiene por objeto reducir las angustias y preocupaciones que nos atormentan: nuestro pequeño o gran drama es sólo un momento en el infinito juego divino ("līlā"), en la inmensa e incesante danza cósmica.



Como una ola del mar

Lo que importa es el momento presente, estar aquí y ahora, porque todo es temporal, todo es impermanente.

Como dicen los Maestros:


Nuestro ego es como una ola que ha surgido por un momento del mar y que, después de ese momento, volverá a bajar y se fusionará nuevamente con la sustancia del Todo y continuará su curso en una forma inimaginable por ahora.

La reconquista que cambia vidas

Pero ese instante es muy importante: de hecho, para nosotros lo es todo. Por lo tanto, no debemos dejar que nuestro espíritu se enrede por las circunstancias, por los acontecimientos sin importancia. Debemos alcanzar, "todavía aquí en el cuerpo" esa "condición inmortal, libre de apego, libre de aflicciones" que nos permite estar plenamente presentes.


¿Qué podemos esperar?

La meditación en la Naturaleza y en la Naturaleza tiene un gran poder regenerador y reequilibrante, y favorece esa sensación de bienestar, de estar a gusto, en el lugar adecuado, en el momento adecuado, que es la base de la paz y la presencia mental.


Una experiencia en cuatro pasos

1 Después de elegir el entorno que más nos gusta -el mar, la montaña, los cerros, un lago, el río, el bosque, el campo- debemos encontrar un lugar tranquilo y recogido, alejado de las carreteras, el ruido y el paso de la gente. Incluso la búsqueda del lugar adecuado, el esfuerzo, el tiempo requerido para llegar a él, son parte del viaje meditativo como una especie de peregrinaje.


2 Una vez que hayas elegido tu lugar, te colocarás en una posición cómoda, inmóvil, en actitud de atención, y observarás todo lo que te rodea, hasta los más mínimos detalles. Percibirás olores y sonidos, el contacto del aire en tu piel, el calor o el frío, el viento, el panorama general y de vez en cuando cerrarás los ojos para saborear mejor las sensaciones, dejando atrás cualquier otro pensamiento. Gradualmente el cuerpo se relajará, la respiración se calmará y la mente comenzará a calmarse.


3 La observación de la Naturaleza puede durar mucho tiempo, y es fácil olvidarse del paso del tiempo, pero mientras se dirija hacia el exterior, debemos definirla más propiamente como "contemplación".


4 Eventualmente sentiremos que lo que contemplamos no es solo algo externo, sino nuestra propia Naturaleza resonando profundamente dentro de nuestro ser interior. Todo el universo está en nosotros, nuestras células y nuestros constituyentes fundamentales son los mismos que ese animal, esa brizna de hierba, esa nube. Todos somos parientes, de hecho somos una cosa, un gran organismo. Nosotros, con todos nuestros constituyentes, podremos así fusionarnos nuevamente con la Madre Tierra, con el "Gran Espíritu", del cual, según Buda y otros Maestros, todo es una expresión.



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